sábado 11 de septiembre de 2010

Carta a la amiga que perdí

Querida amiga Raquel:


Cuando te conocí –o cuando nos presentaron, no recuerdo– jamás imaginé que terminaríamos de la (mala) manera en la que hemos acabado. Que yo recuerde, y desmiénteme si me equivoco, Raquel, nos llevamos bien, generamos esa química de amistad peculiar desde el primer día.


Todo iba bien, inclusive luego de terminar el colegio: seguíamos viéndonos y manteniendo una relación amical promedio. El hecho que tuvieras enamorado –muy a mi pesar, porque como te conté aquella noche de confesiones, tú me gustabas desde ese entonces y, para sorpresa mía, yo te gustaba también (y ahora pienso y confirmo lo cojudo que fui al no atreverme a decirte lo que debí decirte en aquellos tiempos de inocencia; quién sabe, quizá ahora, de haber tenido los cojones bien puestos, estaríamos juntos y nada de esto estuviera pasando)– no era motivo para salir a divertirnos. Muchas de esas veces acompañados de los amigos que tenemos –y teníamos– en común. Siempre que salíamos a una fiesta ibas sola, tu enamorado a lo mucho te iba a recoger.


El primer enamorado que tuviste (desde que te conocí) me caída bien: era un muchacho simpático y, al parecer, de buenos sentimientos. A ti se te caía la baba por él y eso se notaba (y también me jodía). Supe, por terceros, que las cosas entre ustedes se fueron apagando y decidieron dar por terminado la relación que los mantuvo unidos durante –si mal no recuerdo– cuatro años.


Por aquel entonces yo había terminado mi primera carrera y estuve fuera del país por un tiempo. Dejamos de hablarnos por falta de tiempo, oportunidades de vernos y seguramente hasta de interés. Las coincidencias de encontrarnos en el chat y reuniones fueron disminuyendo considerablemente, llegando al punto de no saber si estábamos vivos o muertos. De pronto, querida Raquel, a mi regreso del extranjero y con ayuda de las reuniones de camaradería con los muchachos de la promoción escolar, nos vimos en una discoteca de Barranco: estabas preciosa, había dejado de verte por mucho tiempo y en ese momento, años después, me di cuenta que el gusto y atracción que sentía por ti seguía vigente.


Estuve inspirado gracias a las dosis de alcohol que ingerí esa noche por la alegría de verlos a ustedes mis amigos después de tanto tiempo. Confesaré, Raquel querida, que esa noche estaba dispuesto a confesarte lo que había callado tanto tiempo. Sin embargo, esa misma noche te encontraste con un amigo, o mejor dicho con el que fue tu jefe de un trabajo de medio pelo que tuviste. Desde que se saludaron no se separaron durante toda la noche. Por mi parte, derrotado, también me pegué a alguien (o mejor dicho a algo): mi vaso de vodka, disimulando la molestia (y quizá hasta celos) que sentí a partir de ese momento y cada vez que los veía bailar.


Nuevamente, Raquel, dejamos de vernos por un buen tiempo. Por tu lado, habías retomado los estudios de psicología y habías formalizado (por decirlo de una manera) tu relación con Juan, tu ex jefe; mientras que por el mío empecé a estudiar una segunda carrera y seguía tan solo como un hongo.


Discúlpame, querida amiga, si peco de indiscreto, pero lo siguiente que contaré fue quizá una anécdota más, pero sobretodo, al menos para mí, fue el momento en que empecé a darme cuenta de ciertas cosas.


Para variar habíamos dejado de vernos por un buen tiempo. Un día decidí llamarte e invitarte a pasar parte del día conmigo y conversar de los acontecimientos más resaltantes de nuestras vidas. Aceptaste con frenesí. Y es que habías terminado con Juan (si mal no recuerdo esta era la quinta o sexta vez que lo hacían) y, según tus propias palabras, esta vez era definitivo. Pasamos el día juntos, fuimos a varios lugares, conversamos mucho y al momento de dejarte en tu casa pasó lo que minutos antes, bromeando, me dijiste: qué sería si llegamos a mi casa y está Juan esperándome y, después de verte, te pega. Te pregunté por qué haría eso. Me contaste que días antes, cuando terminaste con él, le dijiste que estabas saliendo con alguien y que por esa persona (inventada) lo ibas a dejar. Te dije que eras una basura –de la manera más cariñosa– por haberle dicho eso.


Dicho y hecho: llegamos a tu casa y allí se encontraba él, esperándote, con una cara de pocos –muy pocos– amigos. Y como el que no la debe no la teme, me acerqué y le estreché la mano para saludarlo. La hizo a un lado bruscamente con una mano y, mientras se acercaba, con la otra, me propinó un golpe que, gracias a los reflejos que en ese momento supe que tenía (y que agradecí de tenerlos), pude esquivar con sorprendente rapidez, rozando a duras penas mi mejilla derecha. En ese momento bochornoso, sobre todo para ti, te acercaste a él e intestaste hacerlo entrar en razón diciéndole que era tu amigo del colegio: fue inútil: estaba hecho un energúmeno cegado por los celos. Supe, entonces, que lo mejor era irme y dejarlos a ustedes a que, al menos, arreglaran sus problemas. Me despedí cordialmente (con algo de cacha, lo admito), porque agarrarme a golpes con él, aparte de rebajarme a su nivel, era darle la razón de lo que, cojudamente, pensaba.


Luego de que te aparecieras con Juan en mi casa (ahí me di cuenta de que su supuesta ruptura tenía de todo menos de definitivo) para que él se disculpara personalmente por lo sucedido (gesto que encontré, aparte de sorpresivo, adecuado); luego del email que me escribiste al día siguiente para disculparte por lo sucedido, para decirme que conmigo la habías pasado estupendamente bien, que te habías dado cuenta de muchas cosas (cuando leí esa parte me sentí ganador: ahora sí querrá estar conmigo, pensé), para decirme que querías decirme muchas cosas, pero que lo harías en persona, luego de todo eso y muchas cosas más, dejamos de vernos –como para no perder la costumbre– por otro buen tiempo.


Este año, por un lado, nos encontramos una vez más. Nuevamente fui yo quien te llamó y te invitó a salir. Una vez más aceptaste sin pensarlo dos veces. Y una vez más, coincidentemente, habías terminado con Juan. Lo peculiar de aquella noche fueron todas las cosas que nos dijimos. Entre muchas otras cosas, me enteré que te gusté en el colegio y que esperabas a que te dijera para empezar una relación, considerando todas las señales que me enviabas. Nunca me quedó claro (porque nunca lo dijiste) si ese gusto, si esa atracción y ese cariño que iba más allá que una amistad, solo fue por aquella época o, para mi suerte, seguía vigente. Nos vimos por los siguientes días e inclusive semanas: fue de lejos el mayor tiempo que pasamos juntos.


Sin embargo, este año también, por una cojudez que hice, dejamos de hablarnos. Terminamos la relación que mantuvimos por tanto tiempo. Ahora, después de escribirte ese correo que no debí escribir porque decía huevada y media, ya no me hablas, no quieres verme y eso me duele, Raquel. Te he pedido disculpas en varias oportunidades, pero el daño ya está hecho por las cosas hirientes que te escribí (todo porque me dejé llevar por la cólera) y tú no das marcha atrás, ya tomaste una decisión y voy a tener que respetarla porque yo soy el único culpable de tu ausencia.


Sé que nada de lo que te diga ahora te convencerá de que nunca quise hacerte daño.


4 comentarios:

Juanito el caminante dijo...

Animo JR, vas a ver que todo mejora... siga caminando con paso firme...

Juaneca Lucía dijo...

JR ! sabes que tus historias son muy pajas? sigue escribiendo hombre, que lo haces genial, no te olvides de tu hijo blog.

Un fuerte abrazo!

pd: todos vuelven, tarde o temprano las personas que marcaron tu vida te hacen falta.

alE.Cu dijo...

animo :)
suerte lml

Anónimo dijo...

del cole.. mmm ya see??

se notaba nu mas t digo jajja

pa delante mi kerida muerte

pa delante nu mas..

x el tiempo arregla las cosas, las mejora . las empeora no se

pero x ahora k vengan los exitos

Besos.

Design by Dzelque Blogger Templates 2008

El Blog de Jota Erre - Design by Dzelque Blogger Templates 2008