martes, 24 de noviembre de 2009

Bajo en el siguiente paradero, por favor

Cantuarias, Miraflores. 19:00hrs.

Tener que levantarse a las 05:00hrs. para ir a la universidad a trabajar no es tan complicado. Tampoco lo es regresar a casa, ducharse, descansar un poco y salir para la universidad -que no es la misma donde trabajo- a estudiar. Lo complicado es, sin duda, mantener las mismas energías hasta las 22:30hrs.

En mi viaje hacia la universidad intento recargar un poco las energías descansando -en la medida de lo posible- en estas especies de latas de sardinas con neumáticos llamadas "combis". No puedo. Por un lado, los movimientos bruscos del "fercho" intentando evadir no solo a su competencia, sino también a la mismísima ley hace que ande más despierto que dormido; por otro lado, recuerdo, hace muchos años, la vez que un señor cayó como un estropajo a los pies del "cobrador" por quedarse profundamente dormido y no saber mantener el equilibrio ante las astutas maniobras del "fercho". Recuerdo ello e intento no cerrar los ojos.

El paso fugaz de las luces -de los autos, de las casas, de los negocios, de todo- me adormece y complica más mi situación de no cerrar los ojos. Al final los termino cerrando. Solo un lado duerme y descansa, el otro está atento a lo que vocifera el "cobrador" indicando la ruta que se aproxima. Calculo para no pasarme. Y esta vez recuerdo a otro señor que, la vez pasada, camino al trabajo, de pronto, despertó sobre exaltado y gritó: "¡baja en la esquina, baja en la esquina!", saltó del vehículo y corrió en sentido contrario. No quiero que eso me suceda. Al menos no por segunda vez en la misma semana.

Yo soy más sobrio, o más "caleta" como dicen por ahí. Cuando me quedo dormido y me paso del paradero donde debería haber bajado, con toda la serenidad del caso me paro y digo: "siguiente paradero bajo, por favor".

Falta menos de un mes para descansar de todo. Falta poco para viajar.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Cómo pasa el tiempo

-Vieja, cómo estás -saludo después de ingresar a casa, saludar a Yayo, mi perro, y dejar tirada la morral en mi cuarto.

-Bien, hijo, ¿qué tal te fue?
-Bien, todo bien, pero cansado porque tuve que reunirme con mi grupo para avanzar con un trabajo de la universidad para la próxima semana -comento mientras me desplomo en la cama.
-¿Vas a cenar?
-Sí, muero de hambre -respondo mientras me levanto de la cama y saco unas toallas para ducharme. -Y mi hermana, ¿dónde está? -pregunto al ver la luz apagada de su cuarto.
-Ha salido un rato -responde sin dejar de ver una película en la televisión.
-¿Dónde?
-Al cine.
-¿Con quién, ah?
-Con un amigo del colegio.
-¿Con quién? Pregunto como si no hubiese escuchado esa última parte: "con un amigo del colegio". -¿Y cómo se llama? -indago.
-No te preocupes, también fueron otras amigas de su salón -responde mi madre para intentar apaciguar mis ganas de saber quién es ese esperpento que ha osado invitar a mi hermana al cine.

Pero no le creo. Sé, en el fondo, que me dijo eso para no decirle nada a mi hermana a la hora que volviera de su cita. Para que no la interrogara. Para no incomodarla.

Quizá sea eso que llaman confidencia entre madre e hija.

Y pensar que hace muchos años (que recuerdo como si fuera ayer) de lo único que me preocupaba era que mi hermana estuviera con el pañal limpio y que botara su chanchito después de comer.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Xenofobia

No recuerdo cómo se llamaba el profesor de aspecto maltrecho y chamuscado que me enseñó el curso de Artes Plásticas; tampoco recuerdo a la profesora menopáusica de Historia Universal -ni su nombre-, pero lo que sí recuerdo, de ambos, es que me hacían la vida imposible el tiempo que estudié parte de la primaria y secundaria en La Paz.

Los alumnos sabían que el profesor de Artes Plásticas era un borracho de primera. Solo hacía falta ver su deplorable apariencia: los mismos pantalones marrones (o como dicen allá: cafés), zapatos negros con pasadores gastados, anteojos bifocales y barba con varios días sin conocer lo que es una rasurada.

Notaba el desprecio que tenía hacia los extranjeros. Y digo extranjeros en general -y no solo a los peruanos- porque me tocó compartir clases con un argentino, y ambos éramos las víctimas, por así decirlo.

El profesor borracho, a comparación de la menopáusica de Historia Universal, nunca intervino a la hora de calificarnos (al gaucho y a mí), hacía comentarios impropios, pero nosotros le devolvíamos el favor con algunas travesuras escolares. No había manera de que el beodo nos desaprobara, nosotros siempre cumplíamos con todo.

El gaucho regresó a su terruño y quedé como el único extranjero en el salón. Terminó el curso de Artes Plásticas y comencé con Historia Universal. La profesora es una de las que más recuerdo; la recuerdo, sobre todo, porque me desaprobó con toda la concha que puede existir. Yo me las olía, porque para estas cosas uno tiene algo así como un sexto sentido; uno percibe esa mala onda de una persona y en esa oportunidad no me equivoqué. Esa vieja de mierda me desaprobó.

Esta vez fui yo quien regresó a su tierra. Al finalizar el año escolar, mi padre fue al colegio a recoger la libreta de notas finales y para su sorpresa había jalado el curso de Historia Universal. Según lo que dijo en esa oportunidad la menopáusica, yo no había presentado ningún trabajo y que todos mis notas eran tan rojas como el pabellón nacional.

Adicional a ello, en mi ausencia, hubo una gresca entre dos boliches dentro del que fue mi salón. La consecuencia de la pelea fue el destrozo de uno de los vidrios de la ventana del salón que daba al el patio principal.

Está demás decir a quién culparon y quién terminó pagando la ventana, ¿no?

domingo, 1 de noviembre de 2009

La misma chola, pero con diferente calzón

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