viernes 18 de marzo de 2011
domingo 14 de noviembre de 2010
La Boda - I
Cuando me enteré que Mauricio y Jimena se iban a casar, me costó entender cómo ambos, después de todo lo que les tocó pasar, terminaron juntos y, lo que es más extraño, a punto de casarse y, lo que es más extraño aún, con un hijo en camino (aunque esto último puede ser el motivo principal de la boda).
El parte de su boda me llegó hace una semana y en él se puede observar el buen gusto por el diseño del mismo: combinación de colores sobrios y elegantes (algo poco inusual en ambos: solían vestirse de manera estrambótica y llevaban una vida desordenada).
Me cuesta creer que Mauricio (conocido como ‘la Mau’ desde que se supo, por un escándalo en los primeros ciclos de la universidad, que se había encamado con un profesor de ciencias sociales para obtener una nota aprobatoria) se va a casar con Jimena y encima va a tener un hijo sabiendo que ella –y esto lo puede confirmar cualquier persona que la conoce– era conocida por tener un deseo insaciable de acostarse con quien –para ella– le pareciera atractivo (una vez nos contó, en evidente estado de ebriedad, que tenía un doctor que era director de una clínica conocida, que en varias oportunidades se hizo cargo de sus abortos, y todo gracias al dinero, decía). Y me cuesta creer que ambos van a tener un hijo porque si de algo carece el buen Mauricio es, justamente, de toda belleza posible, y Jimena de todas ganas de tener alguna responsabilidad. Sumado a que ambos, al menos el tiempo que logré conocerlos y compartir algunos buenos momentos juntos dentro de un mismo grupo, no se llevaban bien, siempre andaban peleando, más aún cuando Mauricio andaba con los efectos de la droga y veía a Jimena junto a un tipo que él no conociera. Era como un amor bastante raro.
Algo que me pareció extraño (aunque después, pensándolo bien, no tenía por qué extrañarme) fue que por ninguna parte del parte aparecían los nombres los padres de ambos. Supe entonces lo que tiempo atrás me contaron y después de este detalle pude confirmar: el embarazo imprevisto de Jimena hizo que sus padres cambiaran los planes que tenía planificado para ella: terminar la universidad y viajar donde ellos estaban para llevar un posgrado y, luego, dependiendo de ella, se quedaba a vivir en algún lugar de Europa (donde sus padres tenían varios negocios), o regresaba a Lima para vivir y hacer con su vida lo que le plazca. Nada de eso sucedería a partir de ahora. Es más, el departamento, el dinero y todas las comodidades que le daban a su hija, desde entonces, dejaron de dárselo y Jimena tuvo que mantenerse sola (y ahora que lo menciono, ya entiendo el porqué del correo que envió Jimena no hace mucho, donde ofrecía una serie de productos y servicios de no sé qué cosa, algo inusual en ella que se corría de todo trabajo posible). Jimena desde entonces desapareció del mapa y no dejó rastro.
Algo similar le sucedió a Mauricio (aunque esta vez me lo contó él mismo en un reencuentro de ex alumnos de la universidad que hubo hace poco en un conocido hotel de Miraflores y al que Jimena no fue), quien no tuvo reparo de echarle toda la culpa a Jimena del giro inesperado –y para mal– que había dado su acomodada vida luego del embarazo. Y es que sus padres le habían dado al gran y pendenciero de Mauricio una última oportunidad para reformarse de una buena vez por todas. Como hijo único tenía toda la atención de sus padres y todas las comodidades que alguien pudiera tener, pero las malas juntas, desde que inició la universidad, hicieron que cayera en el bajo mundo del alcohol y las drogas a una temprana edad, pasando por varios –casi todos– de los internados en Lima (manteniendo, sobre todo, el anonimato para que no se supiera que el hijo de un conocido empresario tuviera ese tipo de problemas) y algunos otros del extranjero.
El ultimátum para Mauricio por parte de sus padres llegaría en plena fiesta por sus veintitrés años, delante de todos nosotros, sus amigos de años, los que lo conocimos desde que era una cría y no se sabíamos qué raza sería (así lo molestábamos por su evidente fealdad). Fue un momento que sabíamos que en cualquier momento llegaría (porque si Mauricio llegaba drogado a clases, también podía hacerlo a la fiesta de su cumpleaños). Y es que Mauricio no tuvo mejor idea que llegar a su casa –donde todos lo esperábamos para festejar su cumpleaños– en total estado de ebriedad y haciendo unas muecas que evidenciaban los innumerables toques de coca que había aspirado. Su padre no tuvo compasión con él y delante de todos lo abofeteó y le dijo que era la última vez que lo veía en ese estado tan deprimente y vergonzoso, y que pensara bien qué haría con su vida porque él no tenía ningún problema en quitarle todo lo que tenía, inclusive su pomposo apellido.
Fue la última vez que vimos a Mauricio borracho y drogado.
(Continuará)
sábado 11 de septiembre de 2010
Carta a la amiga que perdí
Querida amiga Raquel:
Cuando te conocí –o cuando nos presentaron, no recuerdo– jamás imaginé que terminaríamos de la (mala) manera en la que hemos acabado. Que yo recuerde, y desmiénteme si me equivoco, Raquel, nos llevamos bien, generamos esa química de amistad peculiar desde el primer día.
Todo iba bien, inclusive luego de terminar el colegio: seguíamos viéndonos y manteniendo una relación amical promedio. El hecho que tuvieras enamorado –muy a mi pesar, porque como te conté aquella noche de confesiones, tú me gustabas desde ese entonces y, para sorpresa mía, yo te gustaba también (y ahora pienso y confirmo lo cojudo que fui al no atreverme a decirte lo que debí decirte en aquellos tiempos de inocencia; quién sabe, quizá ahora, de haber tenido los cojones bien puestos, estaríamos juntos y nada de esto estuviera pasando)– no era motivo para salir a divertirnos. Muchas de esas veces acompañados de los amigos que tenemos –y teníamos– en común. Siempre que salíamos a una fiesta ibas sola, tu enamorado a lo mucho te iba a recoger.
El primer enamorado que tuviste (desde que te conocí) me caída bien: era un muchacho simpático y, al parecer, de buenos sentimientos. A ti se te caía la baba por él y eso se notaba (y también me jodía). Supe, por terceros, que las cosas entre ustedes se fueron apagando y decidieron dar por terminado la relación que los mantuvo unidos durante –si mal no recuerdo– cuatro años.
Por aquel entonces yo había terminado mi primera carrera y estuve fuera del país por un tiempo. Dejamos de hablarnos por falta de tiempo, oportunidades de vernos y seguramente hasta de interés. Las coincidencias de encontrarnos en el chat y reuniones fueron disminuyendo considerablemente, llegando al punto de no saber si estábamos vivos o muertos. De pronto, querida Raquel, a mi regreso del extranjero y con ayuda de las reuniones de camaradería con los muchachos de la promoción escolar, nos vimos en una discoteca de Barranco: estabas preciosa, había dejado de verte por mucho tiempo y en ese momento, años después, me di cuenta que el gusto y atracción que sentía por ti seguía vigente.
Estuve inspirado gracias a las dosis de alcohol que ingerí esa noche por la alegría de verlos a ustedes mis amigos después de tanto tiempo. Confesaré, Raquel querida, que esa noche estaba dispuesto a confesarte lo que había callado tanto tiempo. Sin embargo, esa misma noche te encontraste con un amigo, o mejor dicho con el que fue tu jefe de un trabajo de medio pelo que tuviste. Desde que se saludaron no se separaron durante toda la noche. Por mi parte, derrotado, también me pegué a alguien (o mejor dicho a algo): mi vaso de vodka, disimulando la molestia (y quizá hasta celos) que sentí a partir de ese momento y cada vez que los veía bailar.
Nuevamente, Raquel, dejamos de vernos por un buen tiempo. Por tu lado, habías retomado los estudios de psicología y habías formalizado (por decirlo de una manera) tu relación con Juan, tu ex jefe; mientras que por el mío empecé a estudiar una segunda carrera y seguía tan solo como un hongo.
Discúlpame, querida amiga, si peco de indiscreto, pero lo siguiente que contaré fue quizá una anécdota más, pero sobretodo, al menos para mí, fue el momento en que empecé a darme cuenta de ciertas cosas.
Para variar habíamos dejado de vernos por un buen tiempo. Un día decidí llamarte e invitarte a pasar parte del día conmigo y conversar de los acontecimientos más resaltantes de nuestras vidas. Aceptaste con frenesí. Y es que habías terminado con Juan (si mal no recuerdo esta era la quinta o sexta vez que lo hacían) y, según tus propias palabras, esta vez era definitivo. Pasamos el día juntos, fuimos a varios lugares, conversamos mucho y al momento de dejarte en tu casa pasó lo que minutos antes, bromeando, me dijiste: qué sería si llegamos a mi casa y está Juan esperándome y, después de verte, te pega. Te pregunté por qué haría eso. Me contaste que días antes, cuando terminaste con él, le dijiste que estabas saliendo con alguien y que por esa persona (inventada) lo ibas a dejar. Te dije que eras una basura –de la manera más cariñosa– por haberle dicho eso.
Dicho y hecho: llegamos a tu casa y allí se encontraba él, esperándote, con una cara de pocos –muy pocos– amigos. Y como el que no la debe no la teme, me acerqué y le estreché la mano para saludarlo. La hizo a un lado bruscamente con una mano y, mientras se acercaba, con la otra, me propinó un golpe que, gracias a los reflejos que en ese momento supe que tenía (y que agradecí de tenerlos), pude esquivar con sorprendente rapidez, rozando a duras penas mi mejilla derecha. En ese momento bochornoso, sobre todo para ti, te acercaste a él e intestaste hacerlo entrar en razón diciéndole que era tu amigo del colegio: fue inútil: estaba hecho un energúmeno cegado por los celos. Supe, entonces, que lo mejor era irme y dejarlos a ustedes a que, al menos, arreglaran sus problemas. Me despedí cordialmente (con algo de cacha, lo admito), porque agarrarme a golpes con él, aparte de rebajarme a su nivel, era darle la razón de lo que, cojudamente, pensaba.
Luego de que te aparecieras con Juan en mi casa (ahí me di cuenta de que su supuesta ruptura tenía de todo menos de definitivo) para que él se disculpara personalmente por lo sucedido (gesto que encontré, aparte de sorpresivo, adecuado); luego del email que me escribiste al día siguiente para disculparte por lo sucedido, para decirme que conmigo la habías pasado estupendamente bien, que te habías dado cuenta de muchas cosas (cuando leí esa parte me sentí ganador: ahora sí querrá estar conmigo, pensé), para decirme que querías decirme muchas cosas, pero que lo harías en persona, luego de todo eso y muchas cosas más, dejamos de vernos –como para no perder la costumbre– por otro buen tiempo.
Este año, por un lado, nos encontramos una vez más. Nuevamente fui yo quien te llamó y te invitó a salir. Una vez más aceptaste sin pensarlo dos veces. Y una vez más, coincidentemente, habías terminado con Juan. Lo peculiar de aquella noche fueron todas las cosas que nos dijimos. Entre muchas otras cosas, me enteré que te gusté en el colegio y que esperabas a que te dijera para empezar una relación, considerando todas las señales que me enviabas. Nunca me quedó claro (porque nunca lo dijiste) si ese gusto, si esa atracción y ese cariño que iba más allá que una amistad, solo fue por aquella época o, para mi suerte, seguía vigente. Nos vimos por los siguientes días e inclusive semanas: fue de lejos el mayor tiempo que pasamos juntos.
Sin embargo, este año también, por una cojudez que hice, dejamos de hablarnos. Terminamos la relación que mantuvimos por tanto tiempo. Ahora, después de escribirte ese correo que no debí escribir porque decía huevada y media, ya no me hablas, no quieres verme y eso me duele, Raquel. Te he pedido disculpas en varias oportunidades, pero el daño ya está hecho por las cosas hirientes que te escribí (todo porque me dejé llevar por la cólera) y tú no das marcha atrás, ya tomaste una decisión y voy a tener que respetarla porque yo soy el único culpable de tu ausencia.
Sé que nada de lo que te diga ahora te convencerá de que nunca quise hacerte daño.
sábado 28 de agosto de 2010
Abuela
Ayer, por la noche, me avisaron que mi abuela está muy mal.
Está delicada y, según lo que dijo el médico, solo nos queda esperar a que su corazón deje de latir.
Celebro y apoyo la decisión de mi padre al decir que no quiere que se le suministre más sueros, medicamentos y demás drogas que lo único que harán es que el sufrimiento de mi abuela –y el nuestro– se prolongue por un poco más de tiempo.
Si algún día tengo hijos, y hasta nietos, quiero que hagan lo mismo: no quiero sufrir ni mucho menos que otros sufran por mí.
Esta vez me tocará ser el apoyo de mi padre, como lo fui hace unos meses cuando en su última visita a Lima, mi abuela, que sufre de Alzheimer, en un momento de lucidez, lo reconoció. Fue la primera vez que vi a mi padre llorar. En aquella oportunidad se intercambiaron los papeles: fui yo quien lo consoló.
Mi abuela está por irse y no tuve la oportunidad de decirle que me siento orgulloso de ser su nieto; que la admiro tanto como a sus dos hijos; que la quiero; que lo más cercano a ser una persona con valores, modales y buen comportamiento, en pocas palabras, que lo poca buena persona que soy se lo debo, en gran parte, a ella.
Mi abuela está a punto de irse y, por la enfermedad que la aflige, no puede despedirse.
Publicado por Jota Erre en 17:47 4 comentarios
lunes 21 de junio de 2010
Cuento sin título - III
A pedido de nadie, aquí les traigo el final de este cuento sin título que en verdad sí tiene título, pero me parece lo suficientemente cojudo y malo (tan malo como el cuento en sí) que preferí no publicarlo.
Si las dos primeras partes (parte 1 y parte 2) te parecieron malísimas, ésta última, sin duda, será mucho peor.
Advertidos están: decepciónense.
(...)
La intimidad entre Paola y Jorge brillaba por su ausencia. Él, como nunca, buscaba a Paola para copular y cada vez lo hacía con mayor frecuencia. Un día le dijo a Paola que le tenía una sorpresa. Ella, distraída pensando en las cosas que habló la noche anterior con Gabriel, no le tomó mucha importancia y aceptó sin frenesí. Camino al lugar misterioso Jorge empezó con monólogo de mea culpa, le dijo a Paola que era consciente que no le había prestado mucha atención en los últimos meses, que era producto de carga laboral por sacar adelante no solo la parte financiera del diario donde ambos trabajaban (y Gabriel también), sino del mismo modo los negocios familiares que había caído bajo su tutela sin apoyo alguno. Y es que Jorge, luego de enterarse que su hermano menor tenía problema con las drogas, decidió mandarlo a un internado en el extranjero. Paola solo asentía con la cabeza a lo que Jorge le contaba. De un momento a otro su aburrimiento se esfumó y reconoció el lugar donde estaba por ingresar: era un hotel de unas cuantas estrellas en el que la noche anterior había intimado con Gabriel.
Jorge se esmeró en los preparativos. Paola no los consideró en lo más mínimo. Ella se imaginaba tirando con Gabriel en aquella cama decorada con rosas y pequeñas velas. No quiero hacerlo contigo, Jorge, dijo mientras cogía su cartera y salía de la habitación del hotel. ¿Por qué no?, ¿qué te pasa?, ¿por qué me haces esto?, murmuró mientras la persiguió por el pasadizo, evitando que alguna cara conocida lo viera haciendo semejante papelón.
Fueron pasando los meses y cada vez se hacía más complicado mantener esta clandestina relación a flote. Gabriel le decía a Paola que le dijera de una vez por todas la verdad y terminara con Jorge. Gabriel le dijo que aprovechara, que era el momento preciso y que podía acompañarlo en su próximo viaje. Paola, como la vez que salió con Jorge al lugar sorpresa, solo asintió con la cabeza.
El día que Gabriel viajó, mientras desayunaban en su departamento, después de hacer el amor, Paola dijo: te he escrito una carta, pero léela cuando estés en el avión, ¿ya? Gabriel tenía que viajar a Colombia para entrevistar a una conocida escritora que estaba por presentar, a nivel mundial, su última novela. ¿Por qué tanto misterio?, preguntó. No, nada, solamente quiero que la leas en el avión, es todo.
Gabriel estaba en el aeropuerto intentando comunicarse con Paola. Solo escuchaba al otro lado de la línea: “este es un mensaje de Claro, si desea, deje su mensaje en la casilla de voz”. Estaba apagado. No podía esperar más, así que le dejó un mensaje de voz donde le decía que la amaba mucho y que le tenía una sorpresa para ella cuando regresara de Colombia, que estuviera al tanto de su correo para que sepa el día de su retorno.
¿Con quién hablas, amor?, preguntó Jorge sin dejar de ver la pantalla de la laptop. Con nadie, solo estoy escuchando un mensaje de voz que me acaban de dejar. ¿Mensaje de voz?, ¿de quién?, cuestiona una vez más. Nada importante, ya lo eliminé. Bueno, nos quedamos en la lista de invitados para la boda. Sólo nos queda una semana y nos falta mucho por hacer. Hay que ponernos las pilas para que todo salga bien, dijo con falso entusiasmo Paola recordando y reproduciendo, cual grabadora, el mensaje que Gabriel le acababa de dejar.
“Te dije que esta carta la leyeras cuando estuvieras en el avión. Si lo hice fue porque no podía decirte todas las cosas mirándote a los ojos. No podemos seguir con todo esto. No puedo seguir mintiéndole a Jorge. Ya no sé qué inventar con tal de poder estar contigo. Por un lado me siento bien a tu lado, me has dado todo lo que Jorge no puede darme: felicidad. Pero por otro lado, Jorge ha sido muy bueno conmigo y no quiero seguir haciéndole más daño. No merece esto. Entiéndeme, por favor, lo nuestro no tiene futuro. Por más que hubiéramos querido, esto, a la larga, no iba a funcionar. Lo que mal empieza, mal termina. Te escribo todo esto con el corazón destrozado, porque, después de todo, te sigo queriendo y sé que seguiré sintiendo este sentimiento hacia ti, pero por el bien de todos, es mejor mantenerlo oculto. Cuando regreses, no me busques, será en vano. Mientras estés en Colombia, yo me casaré con Jorge y nos iremos por un tiempo a España. Si todo sale bien, nos quedaremos a vivir allá, lejos de ti (y de su mamá también). Sé que no es momento para bromear, pero tú sabes cómo soy. Te querré siempre, Gabo. Cuídate. Pao.”
Y así fue como todo sucedió, dijo cabizbajo Gabriel tomando su cuarto vaso de cerveza junto a su mejor amigo, Mario Villa. Regresé de Colombia y desde entonces no sé nada de ella. Supongo, según su carta, que a estas alturas ya se casó. Calculo, además, que debe estar haciendo los preparativos para viajar a España con Jorge. Mario lo vio, tomó lo último que quedaba de cerveza en el vaso, cogió la botella y mientras se servía más cerveza dijo: Puta, huevón, qué tal joyita resultó Paola. No solo cagó al cojudo de su novio, sino que a ti también te dejó maltrecho, todo un huevonazo. Pero no te preocupes que acá estoy yo para desahuevarte. Mira, conozco a unas amigas que trabajan en un spa, acá nomás en la Avenida Aviación, son riquísimas y recontra cariñosas, te las voy a presentar, compadre. Vas a ver que te tratarán como un rey. Solo deja que haga una llamada para avisarles que estamos en camino.
Gabriel no prestó mucha atención a la proposición del arrecho de Mario. Su atención estaba enfocada en el correo que acababa de recibir en su BlackBerry. Era Paola: “Gabo, amor, discúlpame por favor, no hagas caso a lo que te escribí, estaba equivocada. A la única persona que quiero y extraño y con la quiero quedarme es contigo. No aguanté más y antes de subir al avión, en la sala de embarque, le conté todo a Jorge. Lo dejé, Gabriel. Me llené de valentía y le conté todo. Salí del aeropuerto tan rápido como pude. Jorge se fue solo a España. Me dijo cosas horribles antes de irse. Ni siquiera sospecha que eres tú a quien amo. Necesito verte, amor. Estoy camino a tu departamento. Te veo allí. Quiero abrazarte. Pao.”
Gabriel no podía creer lo que había leído. Quedó, por un momento, pasmado por lo sucedido. Tenía sentimientos encontrados: felicidad, tristeza, entusiasmo, excitación. Leyó una vez más el correo y no evitó pensar en todo lo que vivió junto a Paola. Se sentía un ganador. Por fin se animó a decírselo, aunque un poco tarde, pero lo hizo la muy cabrona, se dijo a sí mismo. Sonrió, presionó el botón “menú” de su celular y eligió la opción “eliminar”.
Tienes razón, Mario, necesito quitarme todo este estrés, toda esta mierda de encima.
Dime una cosa: ¿cómo se llaman esas chicas que me vas a presentar?
FIN
sábado 12 de junio de 2010
AVISO PARROQUIAL
He sido invitado para escribir en el Blog Mujeres de Mundo este 28 de junio. Como infiltrado que soy en dicho blog, empecé mi participación escribiendo lo siguiente:
Señorita Administradora del blog e involucrados todos:
Sean mis palabras las de un saludo fraternal, efusivo y estentóreo para quienes ya sean por predestinación, o por algo insospechado o, simplemente, por pura coincidencia, han arribado a este bienaventurado blog.
No empezaré esta misiva sin antes pedir perdón por irrumpir la bitácora de esta manera cuasi hosca y huraña; y pido doble perdón por las sandeces que, de vez en cuando, me van a salir; y pido triple perdón porque esto ya parece un discurso de político con floro chabacano, chocarrero y ramplón.
Milagros, mi querida Milagros, tuvo la vil idea de invitarme a ser, por un período corto de tiempo, el blogger infiltrado del mes. Como tal, y haciendo alusión al nombramiento, he decidido, con el permiso y consentimiento de nadie, lo siguiente:
Pocos –casi nadie– saben que he venido escribiendo en las últimas semanas un cuento en mi blog. El mismo está divido en tres partes desiguales y lo he ido publicando periódicamente. Como aún no he publicado la tercera y última parte, y aprovechando la invitación por parte de Milagros, y aprovechando en darle un giro, un revuelco inesperado y sorpresivo a esta sección, he decidido publicar en este blog las dos primeras partes de mi cuento (que por cierto, no tiene título).
Si todo sale según lo planeado, y si Milagros y todos los involucrados me permiten y deciden mantener en pie toda esta parafernalia, y si deciden seguirme la corriente, la primera parte será publicada este lunes, la segunda será publicada el siguiente lunes y la tercera y última parte del cuento que no tiene título será publicada el lunes 28, día que me tocaría postear.
Estoy seguro que todo lo expuesto traerá cola para bien o para mal.
Sin más ni más
Jota Erre
“Porque aquel que no arriesga, no gana”.
Si quieren saber cómo termina todo esto, no se olviden de visitar el blog Mujeres de Mundo este 28 de junio.
Publicado por Jota Erre en 17:39 1 comentarios
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martes 1 de junio de 2010
Cuento sin título - II
Nota: Para entender la segunda parte de este cuento sin título, sin sentido y nada recomendable, es aconsejable -mas no necesario- leer la primera parte.
(...)
No solo bebieron café. Más tarde, esa misma noche, camino al departamento de Paola, en el auto de Gabriel, decidieron hacer una parada en El Juanito de Barranco. Ambos sabían que era el momento preciso para ver hasta dónde llegarían, dejaron de lado los problemas y fue en esa noche que ambos se darían cuenta que ambos esperaban, desde hace mucho tiempo, ese tiempo a solas, ese tiempo de privacidad. La noche en que se conocerían y confesarían la atracción que ambos sentían. Con varios vasos de cervezas en su organismo, Gabriel manejó, precavidamente, hasta el departamento de Paola. En el camino pensó en proponerle a pasar la noche juntos, pero por más licor que había bebido __y que le daba el valor suficiente para hacerle semejante proposición__, era consciente que no era el momento __ni el lugar__ indicado para hacerlo. Paola, por su lado, pensó en invitar a Gabriel a su departamento y continuar con la divertida conversa. De pronto, esa proposición le pareció de lo más indecente, de lo más mandada y haría que Gabriel malinterpretara las cosas. Aunque en el fondo, muy en el fondo, ella quería pasar la noche con él.
Gabriel se estacionó frente al departamento de Paola, apagó el auto y se quedó observando la ventana del departamento que ella señaló: ese es mi cuarto. Mientras él cogía, con ambas manos, el timón del auto, ella le preguntó: ¿No te vas a despedir?, Gabriel volteó a mirar y se encontró cara a cara con Paola, quien sosteniendo su nuca, y llevando hacia ella su rostro, estuvieron a punto de besarse cuando, de pronto, sonó el celular de Paola: es Jorge, tengo que irme, y solo llegó a tocar a duras penas los labios de Gabriel, quien ya estaba con los ojos cerrados, la cabeza inclinada y con la boca semi abierta esperando un rico y húmedo ósculo.
A partir de ese momento las salidas clandestinas entre ambos fueron más frecuentes. Gabriel estaba soltero, no tenía novia y ni si quiera estaba saliendo con alguien (solamente con Paola); no tenía a quién darle explicaciones de su vida. Vivía solo y así las cosas, hasta ese momento, le habían funcionado bien. Paola, por otro lado, tenía una relación de poco más de tres años con Jorge. Prácticamente vivían juntos. A Paola no le gustaba la idea de compartir su departamento con alguien que no sea su gato Michifú. Por eso durante la semana iba a la casa de Jorge (quien vivía con su familia) solamente para cenar y ver una que otra película. Luego Jorge la dejaba en su departamento.
Los fines de semana, por el contrario, Paola se veía obligada a quedarse __muy a su pesar__ a dormir en la casa de Jorge. No le gustaba quedarse en esa casa porque nunca se llevó bien con su futura suegra. Se odiaban a muerte. La madre de Jorge era una vieja cucufata muy pegada a la Biblia y a la misa de los domingos; veía con mala cara las intenciones de Paola para con su hijo, decía que era una sangrona, que lo único que quería era el dinero de su Jorgito (que en realidad era el dinero de su difunto esposo que le dejó como herencia luego de fallecer de un ataque al corazón en pleno show privado de una conocida vedette en el Nightclub Emmanuel de San Isidro).
Ni qué decir de los momentos de intimidad entre ambos. Era todo un caso. Aparte de que esos momentos estaban programados quincenalmente para los días sábados a partir de las nueve y media de la noche (hora en la que la madre de Jorge dormía plácidamente luego de rezar el rosario), luego de que terminara el show preferido de Jorge, The Bachelor, Paola tenía que evitar cualquier tipo de gemido (aunque no tenía que hacer mucho esfuerzo debido al paupérrimo rendimiento y performance, que duraba no más de ocho minutos, gracias a la conocida precocidad de Jorge al momento de follar). Y es que la madre de Jorge podría despertar horrorizada por lo que sus inmaculados oídos percibirían desde el cuarto de al lado. Paola le reclamaba a Jorge que para esos momentos de intimidad se tome la molestia de, al menos, llevarla a un hotel, pero Jorge decía que esos lugares no estaban hechos para intimar. Además, le causaba asco y hasta repugnancia copular en una cama donde habían tirado sabe Dios qué cantidad de parejas.
Gabriel no paraba de reír cuando escuchó a Paola contar sobre lo que Jorge pensaba de los hoteles. Hasta ahora no sé cómo puedes estar con él y encima a punto de casarte, dijo Gabriel. Es difícil de explicar, respondió Paola, pero, ¿sabes qué?, no quiero hablar de eso, solo quiero pasar más tiempo contigo, me gustas, Gabriel, contigo las cosas son como me gustan que sean; contigo puedo ser como verdaderamente soy; contigo no tengo que aparentar nada, por eso es que siempre me gustaste, por eso que ahora no quiero separarme de ti, confesó. Y desde ese momento __o quizás antes__ empezarían con la tórrida y prohibida relación.
Todo era como Paola había pensado que sería. La relación con Gabriel era completamente distinta a la que venía llevando con Jorge. Definitivamente la palabra rutina no cabía entre ambos. Ahora no le molestaba pasar varios días en el departamento de Gabriel, ni que él se quedara en su departamento. Cocinaban, hacían el amor sin el temor de que una vieja cucufata oyera no solo los gemidos de ella, sino los de él también. Después de muchísimo tiempo Paola podía gritar y sentirse libre. Tuvo los orgasmos más ricos y placenteros que había sentido en su vida. Había encontrado la felicidad junto a Gabriel. La felicidad que pensó, ilusamente, encontrar con Jorge. Fue allí donde se dio cuenta que por más dinero que tuviera Jorge, ella no sería feliz a su lado.
Todo era felicidad en la medida de lo posible. Salvo las mentiras que Paola tenía que decirle a Jorge para que no sospeche nada. Al principio era fácil, pero con el paso del tiempo las mentiras eran más complicadas y ya no sabía qué decirle. Por momentos, tenía ganas de contarle toda la verdad para que así todo el martirio (tanto para Paola como para Jorge) acabara de una vez por todas. Gabriel apoyaba esa decisión, pero Paola no se veía tan segura de hacerlo, por eso prefería inventarse cualquier excusa con tal de encontrarse con su amante.
(Continuará)
Publicado por Jota Erre en 19:09 3 comentarios










